[Fic] Quinientos años de existencia

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[Fic] Quinientos años de existencia

Mensaje por Aleksandar Szalansky el Vie Oct 17, 2014 1:23 pm

Gaea. Parte I


Un jadeo, intenso y oscuro como la noche, rompió el silencio espectral que se había formado allí.

La única forma de matar un vampiro, decían las leyendas mortales, es atravesándoles el corazón con una estaca de manera.

Se oyó otro jadeo, más intenso que el anterior si es posible, un sonido que muestra un dolor que desagarra desde tan adentro que jamás se podrá describir con palabras.

Aquellos que piensan que pueden matar a un ser inmortal son los que más miedo tienen de ellos, si no ¿porque intentarlo? El olor de la sangre inundaba toda la habitación, una espada bien afilada brillaba en el suelo, roja, siendo el único elemento con color de toda la habitación; el charco en el que yacía era negro, espeso y viscoso. El ser tumbado al lado estaba blanco como la cal pura, y él, oscuro y siniestro, pálido y muerto, yacía sobre su propio sarcófago, con una de aquellas estacas clavadas en el pecho. Y el  dolor... ese mortal jamás experimentaría un dolor tan agónico como ese, pero había osado tratar de darle la muerte verdadera, sin siquiera saber donde estaba el corazón con certeza, o sin la valentía necesaria de hacer aquello sin que le temblaran las manos.


Y el olor era agónicamente placentero, evitó continuar inhalando, para su existencia no era algo necesario, pero aquel aroma dulce y metálico llegaba a su olfato aún sin desearlo, y volvió a gritar, esta vez no fue un acto impensado, su garganta se desgarró en un grito que bien podría haber llegado hasta la aldea cercana. Un grito pensado, un aullido de llamada que violó la quietud de esa pesada noche.

La luna era la única forma de iluminación en aquella cripta, entraba por una ventana alta de apenas unos centímetros de ancho. Hacía brillar el arma con el que aquel humano había muerto. Cuando la puerta se abrió el vampiro cerró los ojos en un gesto involuntario, el fuego quemaba una antorcha en la mano de alguien y los pasos apresurados tras él apagaban el suave goteó que caía desde el pecho y el rostro del vampiro, que de pura frustración, lloraba sangre sin lograr detenerlo. Un goteo constante, culpable del charco bajo la espada, el mortal murió de un corte certero, él en cambio estaba desapareciendo lentamente, gota a gota, y sin fuerzas, la esperaba a ella.

-Mi sire... - era su voz, joven, apasionada y eternamente inocente - ¿qué os ha ocurrido?

Era una niña, con el pelo como fuego y los ojos como mares. Una mezcla perfecta de elementos, él la observó con una sonrisa en el rostro, avergonzado por ser encontrado en una situación como aquella por justo ella pero necesitándola, y rogándole con la mirada un silencio que, sabía, ella iba a regalarle.

-Sácamelo - ordenó mientras venía al humano parado en la puerta, el portador de la antorcha, no tuvo que decir nada, ella lo supo y le ordenó salir con un simple pensamiento, aquel hombre estaba bajo su dominio, él le estaba enseñando a hacerlo; el hombre cerró la puerta y la oscuridad volvió a caer sobre ellos mientras la vampiresa, con una agilidad digna de seres como ellos, se montó a horcajadas sobre su cuerpo desangrado - es patéticamente doloroso.

Ella no dijo nada, tenía los colmillos fuera, los ojos encendidos y las dos manos sobre la estaca, ella debió sentirlo a la vez que él, era sangre de su sangre, de la manera más literal posible; su creación, su hija y su amante.


Y el silencio se volvió ensordecedor. Ella no emitía palabras, le miraba, con aquel rostro angelical, y las lágrimas caían por él, era un alma perdida en un mundo demasiado grande,veía el rostro de aquel vampiro que la abrazó hacía ya unos años y lloraba su pérdida, pero no estaba muerto. Se inclinó sobre él, lamió la sangre de su rostro. Su lengua, cálida, se volvió casi negra y sus labios manchados de sangre fingían haber sido maquillados por algún caro cosmético de última moda. Y lo miraba como si viera la muerte viva. Y le besó.

-Hazlo ya.

La voz de él era más grave que de costumbre, y las manos de ella no temblaron al dejar ver un vació en el lugar donde antes hubo piel y hueso, le clavó la estaca en medio de las costillas, tan lejos y a la vez tan cerca de aquel corazón que ya no bombeaba ni creaba nada.
Con trabajo y cuidado levantó el brazo que antes apenas había podido mover y lo apoyó en la cabeza de la chica, sus manos estaban llenas de su propia sangre que había goteado por sus brazos hasta formar aquel charco, estaba vacío, casi sin vida, por decirlo de algún modo, y aquel silencio se volvió a romper cuando ella gritó, una y otra vez sin parar. Maldijo al cazador que había hallado su morada y maldijo a todos. Maldijo esa interrupción de aquel sueño que parecían vivir juntos. Porque ella, sin saberlo, sabía que con aquello había terminado todo.

-No voy a desaparecer, preciosa. No para siempre - él lo sabía, no era su primera herida casi mortal, necesitaba reposar, enterrarse y dormir, dejar que su cuerpo se regenerase, y sobre todo, comer. Ella entendió eso, Gaea siempre entendía sus miradas, las palabras no eran necesarias y una nueva orden, poderosa y contundente, hizo que el humano que había acompañado a la chica hasta allí volviera a entrar, sin antorcha, no había fuego que salvara la vida de aquel humano en ese momento.


Y todo ocurrió en el mismo silencio que ambos inmortales habían creado. Ella bebió del humano y dejó que su maestro, débil, bebiera de ella así como habían hecho durante su abrazo. El momento, casi mágico, arrebató la vida de aquel pobre mortal y se la devolvió a aquel ser infernal, herido e inmortal...

[...] [...] [...]

La vida se detuvo cuando el viejo vampiro se enterró para recuperar la fuerza y hacer que su cuerpo se recompusieran. Junto a él, y solo por odio, enterró la espada que había arrebatado a aquel cazador, la espada que de algún modo salvó su vida al facilitarle matar al otro aún con la estaca clavada en el cuerpo. Los mortales, siempre confiados, jamás llegarían a  imaginar cuantas mentiras había en las leyendas, cuantos cuentos lanzaban los de su propia raza para engañarles, confundirles o liarles. Él no habría muerto por aquella herida, aunque el perder toda su sangre le había debilitado mucho y de no ser por Gaea habría terminado por desaparecer, claro. Las costillas rotas, los pulmones perforados, la piel desgarrada... todo debía ser arreglado, antes de continuar su existencia; pero aún así, no se había modo de decir que una herida física, pudiera matarle, el fuego... eso era otro tema.

Las dos décadas que pasó en ese letárgico estado no supusieron para él más que un guiño, un sueño corto y distante a la realidad. No era consciente de lo que había fuera, ni quería serlo. Sus heridas sanaron mucho antes de que él se sintiera tentado a salir, pero  algo a lo lejos le llamó, la voz de su pequeña y amada niña. Lo sintió en su propia piel y notó su dolor.

No tardó en comenzar a alimentarse de los seres vivos que había bajo tierra, asqueado por su repugnante sabor, pero sin fuerzas para salir de ahí sin antes tomar suficiente sangre. Más, cuando logró salir ya era tarde, su hogar, el hogar de su propio sire, estaba ahora reducido a ceniza y no había rastro de aquella fortaleza que antaño había supuesto el hogar de tantos en la antigua Inglaterra.  Agotado, exhausto, y casi sin fuerzas, comenzó un viaje, quería buscarla, debía hallarla en cualquier lugar donde ella estuviera. La necesitaba con él, o la eternidad sería tan solitaria como lo había sido tras la muerte auténtica de su creador; una eternidad agónica...
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Aleksandar Szalansky
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Re: [Fic] Quinientos años de existencia

Mensaje por Skylar Dusk el Vie Oct 17, 2014 1:40 pm

Esta genial Alek!
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Re: [Fic] Quinientos años de existencia

Mensaje por Aleksandar Szalansky el Lun Abr 11, 2016 4:06 am

Freddy

—Da igual cuan fuerte parezca, fuiste tú quien siempre cuidó de mi… sigue así Alexy, eres un gran hombre.

Fuera, la lluvia golpeaba con fuerza las ventanas de la pensión en la que estaban. El tejado era viejo y hacia muchísimo ruido ante cada nueva gota y parecía a punto de caer sobre sus cabezas.
En ese momento parecía de noche, pero el sol debía de estar de luto por aquel hombre, Fred,  Frederick. Su mejor amigo.

La habitación olía a podredumbre y las sábanas estaban manchadas de sangre y pus. Y Alex lo único que podía  hacer en ese instante era estar sentado a su lado tomando su mano e intentado ser fuerte por los dos. Apenas era un adolescente, pero ya llevaba años trabajando, sus manos no eran suaves y su piel estaba bien curtida. Su mejor amigo, ahí en la cama, había enfermado de alguna de esas cosas que un curandero podría curar. Lo sabía porque había buscado a media decena de ellos. Pero los costes superaban lo que cualquiera de los dos podría costear y lo único que pudo hacer fue pagar un par de noches bajo un techo y dejarle descansar en paz.

—Si fuera un gran hombre habría podido cuidar de ti Freddy, en cambio aquí nos hallamos, en la peor tasca de la ciudad a punto de que el techo nos caiga en la cabeza mientras tú deliras por las fiebres.

Apoyó la cabeza en la de él. Desearía tener la fuerza necesaria para protegerle, tener el dinero suficiente para darle todo lo que él necesitaba. Tener a Fred a su lado había supuesto un gran cambio en su vida. Una salida de la granja familiar, un compañero de fiestas y disfrutes. Un jornalero que le amenizaba los trabajos. Él era único, y lo sería para el resto de su vida, a pesar de que Alex aún no llegaba a comprender la magnitud ni el significado de esas palabras, estaba claro que él había marcado algo muy fuerte en su personalidad, el deseo de dar y cuidar.  

—Alex, no te quedes en este infestado lugar, vuelve a casa, vuelve con Maddy, con George. Ve a ver a la mujer de los libros. Ya eres todo un hombre, ve a verla ahora y ya verás cómo ha cambiado — el chico intentó reír pero terminó tosiendo toscamente y Alex se tuvo que apartar, si la sangre de él le tocaba podría infectarse de cualquier cosa. Se lo habían avisado y Fred no le dejaba curar sus heridas por eso mismo —. Prométeme que no te quedarás solo aquí. Vivir a la intemperie sin mi no será lo mismo. Te  aviso.

El muchacho intentó seguir siendo fuerte pero sus ojos estaban anegados en lágrimas. Freddy era unos  años mayor que él. Su cuerpo siempre fue más fuerte, sus manos más habilidosas y tenía el don de la palabra. Él podía convencer a cualquiera de lo que fuera. Así habían conseguido cada y trabajo en media docena de ocasiones y Alexander lo había visto seducir a chicas con tan solo decirles algo al oído. Él nunca había hecho algo así, a esas alturas de su vida eran las chicas las que lo seducían a él y al descubrir que no tenía para pagar la mayoría se iban. Pensar en que se quedaría solo se le hacía un mundo imposible de superar. Pero se estaba volviendo fuerte.

—Iré a casa Freddy, y avisaré a tus padres sobre tu suerte. Le daré a tu hermana tus cosas.

—Pero ni la toques bribón — dijo él de pronto interrumpiéndole —. A mi hermana ni la toques, él se merece un chico con fortuna y suerte.

Ambos rieron un poco y el sonido de la lluvia pareció menos fuerte. Era cierto que Alex había alabado media docena de veces los ojos y la sonrisa de su hermana pequeña. Era tan solo un año menor que Alex, pero él sabía que al volver la encontraría desposada con alguien y quien sabe si con un hijo. Los padres de Fred eran tan pobres como los propios y una hija tan bonita representaba una dote sustancial de algún niño mimado de la zona alta del pueblo.

—No lo haré, amigo, tu hermana será suelo sacro para mí — suspiró y le apartó el cabello de la pegajosa frente. Estaba viendo como acababa. Lo notaba porque llevaba días con fiebres y esa era la primera vez que se ponía tan solemne, la primera vez que su cara, pálida como la leche, dejaba ver un dolor mayor que el físico —. Abriré las ventanas, da igual si todo termina empapado, necesitas aire fresco.

—Y oler la lluvia una vez más — dijo el chico —. Aquí huele a muerte. Quiero irme sintiéndome libre. Me saldría a correr a las calles si la podredumbre no se hubiera instalado justo en mis piernas.

Alexy intentó no pensarlo, no mirar a las piernas cubiertas por las mantas. Él no le había dejado ver aquellas heridas, pero cuando más fuerte le había atacado el dolor y las fiebres él había intentado aliviarle limpiándolas sin éxito alguno, eso no había forma de curarlo.
Cuando abrió la ventana el viento fuerte silvó y empapó a Alex con la torrencial lluvia exterior. No podría dejar abierto mucho tiempo sin que los de la planta de abajo lo notaran, pero el viento era tan persistente que en muy poco tiempo el olor a muerte, como lo llamó él, había desaparecido y parecían estar fuera otra vez.

—Fred, nunca voy a olvidar todo lo que has hecho por mi ¿me oyes? — Alex había vuelto a su lugar junto a la cama, pero los ojos de su amigo parecían muy idos. Tomó su mano y aún notó un poco de su presión.

—Adiós Alexander.

La fuerza de su mano no se fue al instante, pero sus ojos ya estaban cerrados y poco a poco el miedo del muchacho le hizo soltarlo, notando como su brazo caía inerte. Sintió un miedo horrible en el pecho. Ya estaba solo, abandonado por primera vez en su vida, desdichado, dolido, arrastrado por un mar de sentimientos que no entendía y que realmente no iba a entender hasta siglos después.
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Aleksandar Szalansky
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